Reseña


Reseña de Pilar Montero Curiel

Los procesos de palatalización y sus efectos en el sistema fonológico del castellano

Tirant Humanidades, 2025 (157 pp.), ISBN 9788410814745

Review of Pilar Montero Curiel

Los procesos de palatalización y sus efectos en el sistema fonológico del castellano

Tirant Humanidades, 2025 (157 pp.), ISBN 9788410814745

Rosa María Espinosa Elorza
(Catedrática jubilada de la Universidad de Valladolid)
https://orcid.org/0000-0001-8878-6885


Esta monografía, fruto de un esfuerzo encomiable, ofrece una magnífica síntesis de gran parte de los estudios publicados sobre la palatalización, aporta valiosas referencias a la situación en otras lenguas y dialectos peninsulares e invita a analizar aspectos que, no por repetidos en la bibliografía como indiscutibles, deben replantearse con las herramientas que las distintas ramas de la fonética y los corpus ponen hoy a nuestra disposición.

Para la autora, en el ámbito de la palatalización “se encuentra uno de los cambios más fascinantes en la evolución del latín a las lenguas románicas” (p. 11), si bien en el libro no se concibe la palatalización como un cambio único y general, sino que se presta atención individualmente a un número considerable de cambios producidos por palatalizaciones de diverso tipo.

Los doce capítulos de este libro están dirigidos con un tono adecuado a estudiantes universitarios y a estudiosos de la fonética y de la fonología históricas, con dos objetivos fundamentales: a) organizar los distintos procesos tratados en la bibliografía y b) proporcionar una buena base para avanzar en su conocimiento. En el capítulo introductorio se explica cómo en latín hablado alófonos palatales se convierten en verdaderos fonemas. Asimismo, se aporta una cronología relativa de los cambios en contextos con yod y en otros que no la presentan. El capítulo segundo se centra en la falta de consenso en la caracterización del concepto de yod. La autora recuerda la definición de Menéndez Pidal (1973 [1904]) antes de señalar las consideraciones de otros autores, como Barra Jover (1994, pp. 181-182 y 186-187), para quien es “un formante palatal que procede de varios lugares (una semiconsonante entre ellos) y que puede incidir en consonante y vocal (noche, hice). Solo en consonante (fuerza, año) o solo en vocal (nervio, durmiendo)”. Montero Curiel combina la concepción pidaliana con algunos puntos tratados por Barra Jover, como las palatalizaciones ante vocal palatal y los resultados palatales de laterales y nasales geminadas latinas.

En el capítulo tercero se distinguen cinco apartados para explicar los contextos que favorecen las palatalizaciones por yod: a) la importancia de los diptongos con semiconsonante o semivocal palatal, b) la tendencia antihiática en latín hablado, c) la vocalización de consonantes implosivas, d) los procesos de síncopa vocálica o consonántica, y e) la metátesis de yod tras el paso de hiato a diptongo. Todos ellos incitan a los investigadores a ahondar en el fenómeno de la diptongación. En a) podemos reflexionar si las vocales ě y ǒ tónicas dieron lugar directamente a un diptongo, como se afirma tradicionalmente. Tanto en opinión de Alarcos (1974), quien reconocía un estado primitivo [íə] a partir de la ě tónica, como en la de Lloyd (1993) o en la de Purczinsky (1969-1970), defensores del hiato en la primera etapa, con quienes coincidimos (Espinosa, 2025), la primera fase manifiesta dos vocales en sílabas diferentes y de ahí, en algunas lenguas, se pudo pasar al diptongo; por lo tanto, cuando se habla de la tendencia antihiática en latín hablado, inmediatamente hay que relacionar los apartados a) y e) con el apartado b). En cuanto a c), no toda consonante implosiva evoluciona a vocal palatal: aunque lo normal sería que una lateral velarizada implosiva evolucionara a una vocal velar (alteru > autro > outro > otro), esa lateral puede asimilarse a la dental siguiente: [łt > tt > it] (toscano aitro, occitano aitre, leonés oitre). Algo similar ocurre con ct: lo lógico sería que una consonante velar implosiva se convirtiera en una vocal velar, pactu > aragonés pauto, pero lo habitual es que la velar se asimile a la dental siguiente y vocalice en palatal: octo > italiano otto, gallego-portugués oito, castellano ocho (Espinosa, en prensa). Finalmente, de la lectura del apartado e) se infiere la urgencia de un estudio amplio sobre la metátesis.

El capítulo cuarto versa sobre los tipos de yod y su cronología. Aunque sigue vigente el planteamiento cuatripartito de Menéndez Pidal (1973 [1904]), a los lectores especializados y a los profesores que imparten el tema se les plantean numerosos interrogantes: “las explicaciones suplementarias sobre cultismos, geminadas en latín vulgar, grafías primitivas confundidas y préstamos de otras lenguas románicas obligan a muchos autores a dudar de este esquema” (Lathrop, 1984, p. 125). Si la yod primera no afecta a las vocales, habría que explicar por qué metio > mido; si la segunda con lateral inflexiona las vocales medias abiertas, debería analizarse por qué con nasal no se comporta igual; respecto a la tercera, no se hacen explícitas las causas del cierre de las abiertas y de la vacilación en las cerradas, además de las relativas a los resultados coincidentes con los de la yod primera, como verecundia > vergüenza, virdia > berza, hordeolu > orzuelo, gaudiu > gozo, e incluso badiu > bazo / bayo o radia > raza / raya; y en la cuarta, verdadero cajón de sastre, podrían redistribuirse los subgrupos y justificar por qué no afecta siempre a las vocales cerradas. En definitiva, se precisa un análisis exhaustivo de cada tipo, como hizo con la yod segunda Rost Bagudanch (2011), quien aplicó los conocimientos que ofrece la fonética sincrónica, como los experimentos acústicos, al estudio de los cambios diacrónicos, método imprescindible para formalizar una nueva clasificación.

En el capítulo quinto, acerca de los efectos de la yod sobre las consonantes, se incluyen los casos de palatalización por vocal palatal. Si el resultado de c + i o e es el mismo que el de c + yod, la autora asume un concepto más amplio de yod, en el que no hace falta la presencia de un diptongo. Por otra parte, sigue denominando grupos a c o t + yod, término en cuya definición debería profundizarse. En otro orden de cosas, es necesario ahondar en las causas por las que t + yod y c + yod dieron el mismo resultado, concebido tradicionalmente como un sonido dentoalveolar africado cuando hay pruebas a favor de que fuera fricativo dentalizado: obsérvese la grafía de Celca por Celsa en un documento de 1034 del monasterio de Santa María de Otero de las Dueñas o el préstamo galo quiçá —del pronombre qui + el adverbio ça < ecce hac—, que, por su pronunciación, se relaciona en castellano con saber, como en la variante quisab(e) en el Poema de Mio Cid, los Judizios de las estrellas y el Libro de los cien capítulos (Espinosa, 2014). Es más: “Los franceses tenían la costumbre de reproducir con su ce, ci = ss la ç, c española, y nuestra z con la suya” (Alonso, 1967, p. 157).

En cuanto a la yod segunda, se afirma que el resultado nasal palatal coincide con el de la “degeminación de nn” (p. 68). Cuando se trata de n + yod, la palatal nasal se puede representar por nn, por su abreviatura ñ o por las grafías ni, in, ny... En el caso de annu o autumnu no se puede hablar de palatalización por algún elemento presente en el vocablo a no ser que pensemos en la influencia de la vocal velar siguiente. Podríamos pensar que annu > anno, año se llegó a pronunciar con nasal palatal por influjo de las grafías que, en los casos de palatalización por yod, tenían ese sonido. Respecto a las fases evolutivas de la yod segunda de l + yod, no creemos que la primera fuera una lateral palatal que luego pasó a prepalatal fricativa sonora, como en palea > palia > palla > paia, paja, sino que habría que considerar dos opciones diatópicas: por un lado, la solución palatal central ll y, por otro, la solución prepalatal i, j, como en auricula > leonés orella / castellano oreia, oreja. En el caso de ll, como el latín valle > valle (p. 70), si no se toma en cuenta la vocal palatal de la sílaba final, quizá podría explicarse como una lectura influida por la grafía de uno de los resultados de l + yod.

En la yod tercera se mencionan los casos de d + yod coincidentes con el resultado de la yod primera: berza, vergüenza, gozo. No debe sorprender, ya que t + yod tuvo que pasar por una etapa d + yod en contexto intervocálico, por lo que deberían incluirse en el mismo tipo. También en este apartado la autora relaciona la yod tercera con la palatalización de g + vocal palatal (generu > yerno), lo cual incide en una definición más amplia de yod, al igual que cuando habla de “yod inicial semiconsonántica seguida de vocal velar”, como en junco, junio, julio (p. 84).

En la yod cuarta incluye ct, x [ks] y ult, que no son grupos porquelas consonantes pertenecen a sílabas diferentes. La evolución no sería [kt > χt > ht > it > tʃ], sino [kt > tt > it > tʃ], con asimilación de la velar a la dental siguiente. La dental implosiva vocalizaría y esa vocal palatalizaría la dental explosiva. Tampoco convence la evolución [ks > hs > iʃ > ʃ > x] sin probar que una consonante aspirada puede evolucionar a vocal. Habría una fase de debilitamiento de la velar, que pasaría a sonora y, como en el caso de g’l, vocalizaría. En lt, también tendríamos asimilación, vocalización y palatalización.

Respecto a la metátesis de yod tras p, r y s, se considera una hipotética fase con “monoptongación” [éi̯ > *έe], como en capio > [kápjo > kái̯po > kéi̯po > *kέepo > képo]. En nuestra opinión, se produjo, simplemente, la pérdida de la vocal más débil del diptongo, como también ocurre en los ejemplos que incluye la autora en los casos de yod de síncopa, como ama(v)i > [amái̯ > améi̯ > *amέe > amé].

En el capítulo sexto se discute la inflexión. La yod primera no inflexiona las vocales tónicas, excepto en metio > mido. La segunda afecta a las abiertas, pero vetulu > viejo, somniu > sueño.También hay excepciones en la tercera y parece que no las hay en la cuarta, pero no faltan: strictu > estrecho. Para Alarcos (1965, p. 950): “siendo los contextos con yod relativamente escasos, no pudo llegarse a una generalización total de las variantes características”. Habría que investigar si esos contextos son, realmente, tan escasos.

Omitimos el comentario relativo a los capítulos séptimo, sobre la wau, y undécimo, sobre refuerzos de semiconsonantes palatales iniciales, ya que no tratan de la palatalización. El primero de ellos se circunscribe al cierre de la a en términos que presentan el diptongo latino au (auru > ouro > oro) o el que se forma en romance por vocalización de una lateral implosiva (alteru > autro > outro > otro), por síncopa de una vocal (amau(i)t > amáu > amóu > amó) o por metátesis (sapuit > saupe > soupe > sope). Se parece a la yod en la inflexión de una vocal, pero es una velarización. El capítulo undécimo tampoco habla de la palatalización, sino de la consonantización de una semiconsonante palatal presente en el diptonto [jé], como en hiedra, yedra, del latín hědera.

En el capítulo octavo, sobre los “grupos” cl-, fl- y pl-, se nos plantea la duda de si, en origen, lo eran. Las evoluciones de blasphemare > lastimar, glattire > latir, globellu > (l)ovillo o flaccidu > lacio, con pérdida de la inicial, sugieren que no podemos considerar la primera consonante como la más fuerte, salvo en italiano, lengua en la que la lateral vocaliza: clave > chiave, flore > fiore. En otras lenguas acaban dando palatales laterales, como en castellano, con yeísmo en determinadas zonas; prepalatales sordas en gallego-portugués; mantenimiento de la primera consonante y resultado palatal lateral en la segunda (plluma, cllau, fllama) en las hablas ribagorzanas; o africada palatal sorda: amplu > ancho, inflare > hinchar en algunos términos. Podemos pensar en una frontera silábica entre las dos consonantes: plicare, ejemplo en el que la lateral va seguida de vocal palatal, que pudo atraerla a su zona: pllegar, llegar. No hay estudios sobre si sucede lo mismo cuando sigue una vocal velar, como en pluvia > lluvia, o una a, como en clave > llave; esto es, si vocales distintas a i y a e atraen a las consonantes a la zona palatal.

El capítulo noveno analiza la palatalización de las geminadas -nn-, -ll-. Si obviamos la teoría de Alarcos (1974) de las variantes fuertes nasales y laterales y la de Lloyd (1993, p. 391) —“La lengua... podría aumentar su superficie de contacto con la zona alveolopalatal” para diferenciar las variantes dobles de las simples—, podemos plantearnos la hipótesis de que la grafía de términos con resultado palatal pudo influir en al sonido de otros con grafía coincidente. Por ejemplo, si filiu da fillo, con lateral palatal, cabría plantear la duda sobre si valle, del latín valle,se pronunciaría, en principio, con geminada o como el resultado lateral palatal de l + yod. Lo mismo suponemos en las nasales: si somniu da suenno, sueño, con nasal palatal, podemos pensar que anno, año, procedente del latín annu, se pudo pronunciar con la palatal que resultó de n + yod.

El capítulo décimo trata de la palatalización de l- y n-, como llugar, llado, llubina, llar, yingua, en asturiano o lliebre en aragonés (pp. 131-134). También en las zonas pertenecientes al antiguo reino de León y en textos aragoneses o influidos por el aragonés observamos ño(n), ñido, ñascer, ñubloso, ñiebla, aspecto menos estudiado.

En el duodécimo, Montero Curiel reitera que su objetivo principal ha sido “poner orden en el proceso fonológico que condujo hacia el nacimiento de los fonemas palatales en castellano”, cuyo “primer escollo ha sido la delimitación del concepto de yod” (p. 141). Su razonamiento final es claro: “aún no está todo escrito sobre la evolución de las palatales” (p. 145).

En conclusión, la síntesis de lo mucho que se ha publicado acerca de este tema en español, nunca en un volumen conjunto, resulta de gran utilidad para poder reafirmar o contradecir las teorías tradicionales. Esta obra pone el dedo en la llaga sobre los aspectos más controvertidos y señala la necesidad de investigaciones que ayuden a encontrar las explicaciones que faltan. Sin duda, este libro va a servir de revulsivo para avanzar en el análisis de los procesos de palatalización.

Referencias

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Rost Bagudanch, M. A. (2011). Variación en los procesos de palatalización de yod segunda (o cómo la sincronía permite la explicación de la diacronía). [Tesis doctoral, Universitat de Girona].