RASAL
LINGÜÍSTICA
2026 (2): Versión digital
Recibido: 03.07.2025 | Aceptado: 02.04.2026
Resumen
El presente trabajo se propone investigar los procedimientos de creación de neologismos a partir de la base verbal clavar en el habla juvenil de la ciudad de Santa Fe, desde la perspectiva del generativismo construccionista (principalmente desde la morfología distribuida). Se sostiene como hipótesis central que la creación de neologismos se realiza en una instancia previa a la inserción léxica. Lo que habilita el surgimiento de una nueva forma es la presencia/ausencia de rasgos formales de dos tipos: aquellos vinculados a la distribución temporal de un evento: inicio, proceso, resultado; y aquellos vinculados a su distribución espacial: origen, trayectoria, lugar (Ramchand, 2008). Estos rasgos son independientes del significado léxico de la raíz y de la interpretación enciclopédica que efectivamente se haga, aunque condicionan ambos aspectos. Este condicionamiento es el que generará las diferentes posibilidades combinatorias sintácticas y, así, las interpretaciones diferenciales de las estructuras. En primer lugar, expondremos nuestro problema y nuestra hipótesis; en segundo lugar, realizaremos una exposición escueta del marco teórico elegido; en tercer lugar, presentaremos el corpus a analizar; en cuarto lugar, propondremos el análisis; y en quinto y último lugar, finalizaremos con las conclusiones (donde se corroborará nuestra hipótesis) y con un resumen de los aspectos que quedaron abiertos a futuras investigaciones.
palabras clave: neologismos; verbo clavar; Morfología Distribuida; generativismo construccionista.
Abstract
This work aims at researching the procedures of neologism creation from the base form of the verb clavar (to nail) in the youth discourse in the city of Santa Fe, from a constructionist generativist perspective (mainly the Distributed Morphology).
The central thesis holds that the creation of neologisms takes place prior to lexical insertion. The presence/absence of two types formal features enable the creation of a new form: those linked to the temporal distribution of an event: beginning, process, result; and those related to its spatial distribution: origin, trajectory, and place (Ramchand, 2008). These features are independent of the lexical meaning of the root and the encyclopedic interpretation that is ultimately assigned, although they constrain both aspects.
This constrain will then generate different possible syntactic combinations and, thus, the differential interpretations of the structures.
First, the problem and the hypothesis will be introduced. Second, the selected theoretical framework will be briefly presented. Third, the corpus to be analysed and the analysis itself will be presented. Finally, the conclusions and the evaluation of the hypothesis will be proposed, along with a summary of the aspects that remain open for further research.
keywords: neologisms; verb clavar (to nail); Distributed Morphology; constructionist generativism.
Como hablantes nativos de una lengua, es natural que constantemente estemos usando palabras que ya conocemos en contextos lingüísticos nuevos, es decir, que utilicemos ciertas palabras en combinación con otras con las que nunca las habíamos combinado antes (ni escuchado que alguien las combine), generándose así significaciones nuevas.
Este proceso es lo que denominaremos aquí la creación de neologismos: la utilización de un vocablo determinado en diferentes contextos lingüísticos con una consecuente interpretación diferencial. Un neologismo es, entonces, una nueva palabra que se suma a nuestro “diccionario mental”, es decir, al reservorio de palabras y significados con los que contamos a la hora de emitir enunciados (Adelstein y Badaracco, 2005).
Este es un tema ampliamente estudiado, y desde las más variadas perspectivas: desde las teorías funcionalistas más diversas (Lehrer, 2003; Lei, Yang y Huang, 2021) hasta estudios formales de corte generativista (Adelstein y Badaracco, 2005; Bordelois y Di Tullio, 2002; Kornfeld, 2004; Kornfeld y Kuguel, 2013; Pujalte y Zdrojewsky, 2013) han intentado dar respuesta a incontables preguntas que rondan la creación de neologismos. Las preguntas que se realizan los lingüistas con respecto a este tema van desde interrogantes en torno al contexto sociocultural de uso hasta los vinculados a la incorrección de determinadas formas lingüísticas, pasando por aquellos referidos a la estructura gramatical de las nuevas formas, sobre su morfología interna, sobre sus posibilidades combinatorias.
Es por ello por lo que lo primero que haremos a la hora de embarcarnos en el estudio de neologismos es delimitar el problema al que intentaremos dar una respuesta (al menos parcial), y el enfoque desde el que trabajaremos para llevar a cabo la investigación.
En el presente trabajo analizaremos formalmente la estructura interna de las variantes de uso en la población juvenil (entre 15 y 25 años) de la ciudad de Santa Fe, de un verbo sumamente productivo en cuanto a la creación de neologismos: el verbo clavar. En primer lugar, hemos elegido este verbo por su alta productividad: sus posibilidades combinatorias y sus contextos lingüísticos de uso son muy amplios y dan lugar a procesos sintácticos varios. En segundo lugar, hemos elegido para su estudio el marco teórico de la lingüística generativa de tipo constructivista (cf. abajo). Esta última decisión se debe a que es este marco el que mejor responde a las preguntas en torno a las cuales giró la investigación: ¿qué sucede en la mente humana cuando un hablante de una lengua utiliza determinado verbo en estructuras que modifican el significado al que estaba asociado previamente? ¿Cómo hace el hablante para interpretar ese nuevo significado? ¿Podrían estos procedimientos ser infinitos? Es decir, ¿podrían crearse infinitos nuevos usos de cada palabra que utilizamos? ¿Qué es lo que limita la producción de neologismos?
Podemos encontrar varios antecedentes en el estudio de la creación de neologismos verbales en las variedades argentinas del habla desde perspectivas generativistas. Existen estudios sobre neologismos determinados, como el de Kornfeld y Kuguel (2013), en los que se estudian las locuciones verbales pegar laburo y pintar bardo, a partir de lo que denominan procesos de gramaticalización y relexicalización, y otros estudios de tipo más sistemático, como el trabajo de Pujalte y Zdrojewsky (2013) sobre la diferencia de los procesos de transitivización de los verbos inergativos e inacusativos en el español del Río de la Plata.
El presente trabajo parte de un caso concreto (el verbo clavar) y se propone responder a la pregunta sobre cuáles son los procedimientos lingüísticos que le permiten a un hablante de español crear neologismos verbales a partir de un verbo ya existente en la lengua. Sostenemos como hipótesis central que la creación de neologismos se realiza en una instancia previa a la inserción léxica (cf. abajo). Lo que habilita el surgimiento de una nueva forma es la presencia/ausencia de rasgos formales de dos tipos: aquellos vinculados a la distribución temporal de un evento —inicio, proceso, resultado— y aquellos vinculados a su distribución espacial —origen, trayectoria, lugar— (Ramchand, 2008). Estos rasgos son independientes del significado léxico de la raíz y de la interpretación enciclopédica que efectivamente se haga, aunque condicionan ambos aspectos. Es este condicionamiento el que generará las diferentes posibilidades combinatorias sintácticas y, así, las interpretaciones diferenciales de las estructuras. A partir de esta hipótesis, se intentará a su vez establecer algunas generalizaciones que permitan el estudio de otros neologismos existentes y puedan predecir las formas de creación de nuevos neologismos.
Según nuestra propuesta, el verbo clavar corresponde a la realización fonológica de la raíz √clav- que se inserta durante el spell-out, una vez que la sintaxis ha generado una estructura compuesta por la raíz y las proyecciones funcionales pertinentes. Esta raíz puede aparecer en distintos tipos de configuraciones estructurales (ocho en total, como se mostrará en la sección siguiente), lo que da lugar a diversas interpretaciones del verbo sin que sea necesario postular múltiples entradas léxicas independientes.
En estas estructuras —entendidas como nodos generados por la sintaxis—, pueden insertarse también otros ítems léxicos, siempre que sean compatibles con las propiedades eventivas de la configuración sintáctica resultante. Así, en un mismo tipo de estructura pueden aparecer diferentes realizaciones verbales, como se observa en los ejemplos siguientes:
| (1) | Me clavó una piña. |
| (2) | Me dio / metió una piña. |
En este sentido, el límite de la inserción está dado por la concordancia entre las propiedades eventivas de la estructura sintáctica y los rasgos asociados al ítem léxico que se inserta en el momento del spell-out. La sintaxis genera, mediante la combinación de la raíz con distintos morfemas funcionales, configuraciones estructurales que describen determinados tipos de eventos; posteriormente, en el componente morfológico, se insertan los ítems léxicos compatibles con dichas configuraciones.
A partir de este punto, las diferencias de significado que surgen entre las distintas realizaciones corresponden al dominio de la interpretación enciclopédica. En este nivel, se activan sentidos que no implican modificaciones en la estructura sintáctica, ya que no afectan la conducta lingüística de la raíz ni de los elementos funcionales que se fusionan con ella. Es allí donde se desarrollan diferencias interpretativas entre expresiones como clavar una piña, dar una piña o meter una piña, diferencias que no conllevan consecuencias sintácticas.
Una vez delimitados los principales presupuestos teóricos, es posible presentar la estructura del presente trabajo. En el segundo apartado, explicaremos de forma escueta el marco teórico elegido y las hipótesis en torno a las cuales gira la investigación. El tercer apartado presenta una clasificación de los usos del verbo clavar obtenidos mediante una recolección de datos realizada en la población juvenil (entre 15 y 25 años) de la ciudad de Santa Fe. Por su parte, en el cuarto apartado, se analizan los procesos de creación de los neologismos presentados. Finalmente, el quinto apartado presenta las conclusiones y detalla aquellas preguntas pertinentes que no hayan recibido respuesta, dejando así abierto el camino a subsiguientes investigaciones.
La lingüística generativa es una corriente teórica que propone que el lenguaje es, ante todo, una facultad de la mente-cerebro de los individuos que funciona de forma autónoma respecto de otras facultades y que se encuentra estructurada en lo que se denomina la sintaxis. Esta corriente teórica ha dado lugar a diferentes modelos de dicha facultad (y, por ende, del funcionamiento de la sintaxis) a lo largo de los setenta años que lleva desarrollándose (cf. Eguren y Soriano, 2004). Hasta la actualidad, ningún modelo ha resultado completamente adecuado explicativa y descriptivamente, por lo que constantemente surgen nuevos modelos, o reformulaciones de propuestas anteriores, que intentan reparar o revertir las fallas de los modelos anteriores. En las últimas décadas, se presentó lo que se denomina el Programa Minimista, un programa de investigación que no busca trabajar con un solo modelo, sino que incluye todas las propuestas teóricas que se ajusten a su propuesta de trabajo, es decir, formular un modelo de la facultad del lenguaje que sea sustantiva y metodológicamente “minimista”; a grandes rasgos, que no prolifere en categorías analíticas innecesarias ni adjudique a la facultad del lenguaje (y, por ende, a la mente humana) información que no se ajuste a lo estrictamente necesario de su función: producir oraciones gramaticalmente correctas que puedan ser interpretadas por los otros módulos de la mente. En pocas palabras, formular un modelo de la facultad del lenguaje que esté “bien diseñado” (Eguren y Soriano, 2004).
La lingüística generativa de tipo construccionista puede ser concebida dentro de este último programa. El concepto construccionista para calificar a la lingüística generativa no refiere a un solo marco teórico concreto, sino a un grupo de propuestas que se asemejan por el modo en que conciben cómo está estructurada la facultad del lenguaje (Borer, 2005; Marantz, 2013).
Lo que tienen en común dichas propuestas es que conciben que toda la facultad del lenguaje está estructurada a partir de la sintaxis. La perspectiva construccionista se diferencia de las propuestas de tipo lexicalistas (Chomsky, 1970, 1982), según las cuales existen procesos sintácticos que operan con unidades léxicas. Estas unidades, sin embargo, se conforman a partir de otros procesos que tienen lugar en el interior del lexicón y la estructura sintáctica deriva de la información contenida en el ítem léxico. En este sentido, la facultad del lenguaje tendría dos instancias diferentes con procedimientos propios: una, el lexicón, donde se generan las unidades léxicas, y otra, la sintaxis propiamente dicha, que opera con esas unidades y que conforma las estructuras (oraciones).
Las teorías de tipo construccionistas rechazan esta propuesta por una razón principal: el concepto de unidad léxica parte del concepto palabra, que es un concepto heredado de los estudios lingüísticos previos incluso al surgimiento del generativismo, pero que no tiene una entidad concreta dentro de la teoría. Marantz (1997) desarrolla detenidamente el problema sobre cuál es el límite de la palabra, con el objetivo de discutir las perspectivas lexicalistas. De hecho, este es un problema que preexiste también al generativismo y que aparece ya en la morfología estructuralista, en los debates sobre los procesos de conformación de palabras como la flexión y la derivación. Si pensamos un modelo de lenguaje de tipo universal (es decir, que está en la mente de los hablantes de todas las lenguas del mundo y que preexiste a la adquisición de un idioma particular), no podemos no tener en cuenta el hecho de que las palabras portan, en diferentes idiomas, grupos de significados sumamente diversos, y que significados similares aparecen, en diferentes idiomas, dentro o fuera de lo que se conoce como palabra. Además, partes de las palabras (la parte flexiva) portan significados que están íntimamente vinculados a la sintaxis (a los procesos de concordancia).
Si pensamos que la sintaxis opera con unidades léxicas como verbos, adjetivos, sustantivos, cada uno de los elementos que ingresa a la derivación sintáctica debe estar almacenado en algún sitio. Este sitio se lo conoce como el lexicón y existen también diferentes perspectivas sobre cómo funciona. Mientras que algunos (los menos) defienden que el lexicón es un listado de unidades almacenadas (Jackendoff, 1975), otros plantean que el lexicón tiene también procedimientos internos que conforman las unidades con las que luego operará la sintaxis para la conformación de frases (Aronoff, 1973 en Kornfeld, 2004). Estas dos perspectivas, ambas de tipo lexicalistas, generan dos tipos de problemas. La primera, la menos probable a nuestro entender, plantearía la existencia, por ejemplo, de al menos ocho unidades verbales diferentes del verbo clavar, cada una con su propio significado asociado. Cada nuevo uso generaría una unidad nueva en el lexicón y esta unidad tendría el mismo vínculo (ninguno) con las otras formas de clavar y con otras unidades como mesa, nublado o arriba. La segunda parece un poco más probable: el lexicón no es un listado de unidades almacenadas, sino que estas unidades también tendrían cierta estructura. En este sentido, todas las variantes del verbo clavar tendrían alguna característica en común que las unifique y que las diferencie de otros verbos y, a su vez, todos los verbos tendrían alguna característica en común que los diferencie de las unidades pertenecientes a otras clases de palabras. Esta perspectiva implica que en el lexicón también se juegan determinados procesos: los procesos de conformación de las unidades léxicas que luego participarán en la derivación sintáctica. Es decir, las unidades léxicas no serían “primitivas” como en el primer modelo, sino que tendrían estructura interna. Existen, se podrá ya suponer, por lo que hemos venido diciendo, diferentes propuestas sobre cómo se conforman las unidades en el léxico. Mientras que algunos autores defienden que el lexicón tiene su propia forma de conformar unidades (Chomsky, 1970), otros plantean que el lexicón está estructurado de la misma forma que la sintaxis (Hale y Keyser, 2002), es decir, que el mismo tipo de procedimiento sintáctico que conforma las estructuras oracionales conformaría las unidades léxicas. La primera de estas dos propuestas tiene, además, el problema de la falta de economía teórica, dado que se plantean dos tipos de procedimientos diversos, uno para el lexicón y otro para la sintaxis.
La segunda propuesta, aunque parezca la más probable, no responde a la pregunta por el límite de la palabra. Marantz, en el texto antes nombrado, explica justamente que el plantear la existencia de una sintaxis interna al lexicón sigue sosteniendo a la palabra como una especie de “nivel” intermedio entre la morfología y la sintaxis, un nivel que, sin embargo, no está caracterizado de forma definida, dado que pueden encontrarse innumerables situaciones en las que ciertas unidades parecerían conformarse como tales una vez ya iniciado el proceso derivativo de la sintaxis, por lo que no entrarían a esta ya conformadas. Un ejemplo de esto son los procesos de nominalización. Consideremos la unidad léxica destrucción. En un modelo lexicalista, se diría que destrucción proviene de la aplicación de una regla morfológica léxica al verbo destruir, antes de la sintaxis: [N[Vdestru]cción]].
En cambio, desde la morfología distribuida, el sufijo -ción se inserta después, en la fase morfológica post-sintáctica. Primero, se constituiría el evento a partir de la raíz destruir; una vez conformado este, la estructura resultante se fusionaría con un núcleo categorizador verbal (S v chiquita) o uno nominal (S nominal). Solo después de que la sintaxis forma esta estructura jerárquica, en la inserción léxica (spell-out), se asocian los exponentes fonológicos: -ir en el caso verbal (o la conjugación correspondiente) y -ción en el caso nominal.
Lo que plantean las perspectivas constructivistas es, justamente, la eliminación de este nivel, es decir, la eliminación del lexicón de la manera en que venía siendo entendido. El lexicón, en estas perspectivas, se concibe como una lista de almacenamiento, pero no de unidades léxicas, sino de rasgos primitivos. Es decir, en el lexicón no se almacenan unidades como correr, termo o escandaloso, sino unidades del tipo N(ombre), [+Télico], [+ animado], [+Fem]. Estas unidades, que se denominan rasgos primitivos (por no tener ningún proceso interno y estar almacenadas en la mente de todos los individuos del mundo), se combinan directamente en la sintaxis y van conformando las palabras al mismo tiempo que van conformando las oraciones. Uno de los modelos que sostiene este último tipo de diseño de la facultad del lenguaje es la Morfología Distribuida (Marantz, 1997; Halle y Marantz, 1993, en Halle y Keyser 1993), una de las propuestas constructivistas más elaboradas, que porta este nombre justamente porque plantea la distribución de los procesos morfológicos de formación de palabras a lo largo de la derivación sintáctica.
En el presente trabajo, tomaremos el modelo de gramática propuesto por la morfología distribuida, aunque también recurriremos a algunos postulados de otros modelos constructivistas, principalmente del propuesto por Ramchand (2008) en situaciones en que lo consideramos necesario.
Como hemos ya introducido, la morfología distribuida forma parte de las teorías generativas que niegan la existencia de un nivel anterior a la sintaxis en el que se conformarían las unidades léxicas (Embick y Noyer, 2004). El modelo que propone de la facultad del lenguaje es el siguiente:
Figura 1. Modelo de gramática de la Morfología distribuida, según Embick y Noyer (2004)
Debemos observar dos cosas de este modelo: primero, que las únicas instancias “representativas” (es decir, donde podemos ver resultados de la derivación sintáctica) son Forma Lógica (FL) y Forma Fonológica (FF). Todo lo que ocurre antes de estas dos instancias es derivación. Segundo, que el único procedimiento que se pone en juego a la hora de construir las estructuras sintácticas es, justamente, la derivación sintáctica. Esta derivación es intervenida en cierto punto por el proceso de materialización de las unidades (que explicaremos a continuación) y, luego, ocurren solo ciertos procesos morfológicos que, como puede verse en el gráfico, afectan a la interpretación fonológica (es ahí donde se conforman ciertas unidades que denominaremos palabras), pero no a la interpretación lógica. Estos procesos morfológicos actúan, sin embargo, de la misma manera que la derivación sintáctica, solo que su resultado no afecta a la interpretación lógica de la estructura.
Como podemos observar, la imagen que presentamos muestra los procedimientos sintácticos y las instancias de interpretación, pero no muestra las unidades con las que actúa la sintaxis (es decir, los espacios de almacenamiento). Según este modelo, hay tres espacios de almacenamiento, que se denominan listas. La primera lista es el lexicón, que, a diferencia de los modelos anteriores, en este caso solo almacena los rasgos primitivos que ingresarán a la sintaxis. La segunda lista almacena ítems de vocabulario y actúa en la instancia de materialización: una vez conformada la estructura sintáctica, los nodos terminales, a partir del procedimiento de spell-out, se unen a unidades de vocabulario almacenadas. Por último, existe una tercera lista, la Enciclopedia, que actúa directamente en la interpretación lógica (es decir, su contenido no afecta ninguna instancia de la derivación sintáctica).
Este modelo de la facultad del lenguaje tiene tres características fundamentales: la inserción tardía, la infraespecificación y la “estructura jerárquica sintáctica hasta el final del proceso” (syntactic hierarchical structure all the way down). La primera afirma que toda la derivación sintáctica actúa con categorías que son puramente abstractas, sin ningún tipo de información fonológica. La información fonológica está justamente en los ítems de vocabulario, que se insertan tardíamente, cuando la derivación finaliza, mediante un procedimiento de inserción denominado spell-out. La segunda característica afirma que los ítems de vocabulario que se insertarán en spell-out no necesariamente deben contar con todos los rasgos que le exige el nodo terminal emitido por la sintaxis, sino que los ítems “luchan” por insertarse, y lo hará aquel que cuente con la mayor cantidad de rasgos coincidentes. Es importante aclarar que no puede insertarse un ítem que tenga más rasgos que los propuestos por el nodo, pero sí uno que cuente con menos (que esté, precisamente, infraespecificado). Por último, la tercera característica es una que ya hemos nombrado: todo el procedimiento lingüístico se da mediante procedimientos sintácticos que generan estructuras sintácticas jerárquicas y no existe en la facultad del lenguaje otro modo de proceder.
En la Morfología Distribuida (Halle y Marantz, 1993, en Halle y Keiser, 1993), el léxico no es un módulo cerrado donde están todas las palabras, sino un inventario de piezas mínimas (roots y morfemas funcionales) que se combinan en la sintaxis. Por eso, una raíz (√) es una unidad léxica mínima, acategorial, infraespecificada semánticamente, que se inserta en la estructura sintáctica y adquiere su categoría (verbo, nombre, adjetivo) al combinarse con un núcleo funcional (v, n, a).
En el artículo “On the identity of roots” (2014), Harley intenta responder una pregunta fundamental: ¿qué hace que dos ocurrencias sean “la misma raíz”? Por ejemplo: ¿es la raíz open de open the door la misma que la de open a business? En primera instancia, las raíces no se identifican por su forma fonológica; la homonimia (como bank ‘río’ / bank ‘dinero’) muestra que una misma forma puede tener distintas raíces. Por tanto, la fonología no define la identidad de una raíz. Segundo, las raíces tampoco se identifican solo por su significado. La polisemia (como run a marathon, run a company, run software) muestra que una raíz puede tener múltiples lecturas dependientes del contexto. Por ende, no hay una lista de significados fijos en el léxico. Por último, las raíces se definen por su comportamiento estructural. Para Harley, las raíces son entidades sintácticas y su identidad se determina por la posición estructural y los núcleos con los que pueden combinarse. Es decir, una raíz es la misma si participa en las mismas construcciones y genera una red de significados relacionados. En resumen, las características que definen a una raíz son:
Ramchand (2008) entiende que la estructura de un evento se conforma en un nivel previo a la categorización léxica a partir de tres proyecciones funcionales: un Sintagma de iniciación (SInit), un sintagma de proceso (SProc) y un sintagma de resultado (SRes), en cuyos especificadores se proyectarían los sujetos de los diferentes momentos del evento. Gilbert-Sotelo (2018), por su parte, agrega a esta propuesta inicial proyecciones funcionales de distribución espacial del evento (fuente, trayectoria y lugar). Las proyecciones funcionales de iniciación, proceso y resultado hacen al desarrollo temporal del evento mientras que fuente, trayectoria y lugar, al desarrollo espacial.
Figura 2. La conformación del núcleo eventivo
Tanto para Harley (2014) como para Ramchand (2008), la raíz no trae su Aktionsart (tipo de evento) desde el léxico; el tipo de evento se construye en la sintaxis, combinando la raíz con proyecciones funcionales. Tradicionalmente, desde Vendler (1957), el Aktionsart se clasificaba según rasgos semánticos léxicos, [+/- dinámico], [+/- télico], [+/- durativo], que daban lugar a cuatro tipos de eventos: estados, actividades, realizaciones y logros. Ramchand considera esa clasificación descriptiva, pero insuficiente, dado que no explica cómo se derivan estructuralmente esas diferencias, y propone que el Aktionsart no es una propiedad léxica de los verbos, sino el resultado de la arquitectura sintáctica subyacente al evento. La autora postula que los eventos se construyen en la sintaxis mediante tres proyecciones jerárquicas, que corresponden a tres subeventos básicos: SInit, que introduce el iniciador / causa / agente; SProc, que introduce el participante que experimenta el proceso; y SRes, que introduce el estado resultante.
Desde esta perspectiva, el Aktionsart de un verbo surge de las capas que están presentes en la estructura del evento: los estados (por ejemplo, amar, saber, tener) solo incluyen la capa de resultado (SRes) y no expresan ni proceso ni causa; son situaciones estáticas, sin cambio interno ni duración dinámica. Las actividades (como correr o bailar) contienen la proyección de proceso (SProc) y, en algunos casos, también la de iniciación (SInit); representan acciones durativas y dinámicas, pero sin un punto final inherente, por lo tanto, son atélicas. Las realizaciones (por ejemplo, pintar un cuadro o construir una casa) incluyen las tres capas —SInit, SProc y SRes—, lo que produce eventos con desarrollo y culminación: son procesos que conducen a un resultado o estado final, es decir, eventos télicos. Finalmente, los logros (como morir, llegar, romperse) combinan las proyecciones de proceso y resultado (SProc + SRes), pero carecen de duración; describen cambios puntuales y delimitados, con un punto final inherente.
De este modo, para Ramchand, el Aktionsart es una propiedad estructural y composicional, no léxica: el tipo de evento emerge de la interacción entre las capas sintácticas que conforman la estructura verbal y no de una clasificación previa almacenada en el léxico.
Para generar nuestro corpus de estudio, primero debimos realizar una recolección de datos que nos permitió, tras un proceso clasificatorio, reducir la amplia gama de ejemplos recolectada a un número preciso de variaciones. Para ello, seleccionamos en primer lugar una población a estudiar que fuera acorde a las posibilidades de nuestros medios y cuya variedad de habla convergiera con nuestros intereses. Seleccionamos así a la población juvenil (entre 15 y 25 años) de la ciudad de Santa Fe. El rango etario fue seleccionado teniendo en cuenta estudios previos sobre la variedad juvenil y su productividad a la hora de generar neologismos (Kuguel, 2014); la distribución geográfica está vinculada a nuestra locación. Tenemos en cuenta, sin embargo, que, en el contexto de nuestro marco teórico, las afirmaciones que hagamos en este trabajo sobre el comportamiento sintáctico de la facultad del lenguaje deben ser contrastadas luego con otras variedades y con otros neologismos.
Para la recolección de datos, utilizamos dos métodos: el intercambio oral mediante un procedimiento de preguntas orientadas (sin grabación, con toma de notas manual) y un cuestionario escrito. El intercambio oral se realizó de forma grupal con los jóvenes de entre 15 y 18 años en el ámbito escolar, y de forma grupal e individual, con los jóvenes de entre 19 y 25 años. Se entrevistó a un total de 180 personas. La encuesta escrita fue siempre individual y fue realizada a 137 personas (parte del total de las 180 personas entrevistadas). El número de personas encuestadas no es porcentual de la población a estudiar, sino que funciona como muestra, dado que es suficiente en lo que concierne a los intereses de nuestro estudio.
Las personas entrevistadas son todos individuos escolarizados. Primero, se realizaron las encuestas por escrito a estudiantes de dos escuelas secundarias diferentes, una de nivel socioeconómico bajo y otra de nivel socioeconómico medio-alto (la primera es una escuela pública de acceso gratuito y con un comedor escolar que da desayuno y almuerzo a sus estudiantes todos los días, mientras que la segunda es un colegio privado con cuota mensual y acceso a una cantina durante las horas de recreo). Los estudiantes pertenecen a cuarto y quinto año de la secundaria. Luego, se entrevistaron de forma oral estudiantes de niveles terciarios y universitarios de instituciones públicas y de carreras no humanísticas (profesorados de matemáticas y biología y estudiantes de ingeniería ambiental, medicina y arquitectura). Esta decisión fue hecha para evitar al máximo posible que los datos recolectados se vean afectados por discusiones sobre la naturaleza del lenguaje y su estructura entre los entrevistados.
Las preguntas realizadas, tanto en formato oral como por escrito, han sido las mismas; la diferencia de formato está vinculada a las posibilidades de acceso a la población a estudiar. En ambos casos, primero se les presentó dos verbos (pintar y pegar, tomados del trabajo de Kornfeld y Kuguel, 2013) y se les pidió que den tres contextos oracionales diferentes para cada uno. Luego, se hizo lo mismo con el verbo clavar. En tercer lugar, se les presentó tres usos diferentes del verbo clavar y se pidió una descripción de su significado en cada caso para, finalmente, con los mismos ejemplos oracionales, pedir ejemplos de uso en contexto.
Para clasificar los diferentes usos del verbo clavar tomaremos como criterio, primero, el entorno sintáctico, es decir, los argumentos con los que la raíz verbal se combina para generar estructuras sintácticas. De estos argumentos tendremos en cuenta en primera instancia su cantidad (si el verbo es biargumental o triargumental) y luego sus características.
Optamos por clasificar descriptivamente a los diversos usos del verbo clavar teniendo en cuenta su entorno sintáctico porque es allí donde se evidencia, a primera vista, el cambio de sentido. Como postulamos en nuestra hipótesis, las variaciones internas en los rasgos funcionales que conforman el núcleo verbal de la oración generan repercusiones en la interpretación enciclopédica de la estructura ya formada, que es lo primero a lo que los hablantes (y los lingüistas a la hora de comenzar nuestros análisis) tenemos acceso.
El objetivo de esta primera clasificación es reducir la lista desordenada de datos a aquellos cuya conducta sintáctica no varía, es decir, que se combinan con el mismo tipo de argumentos.
Presentamos primero una lista de ejemplos representativos de los datos recolectados, con las interpretaciones correspondientes en los casos que sea necesario:
| (3) | Juan clavó un clavo |
| (4) | Juan clavó una espada a María (y María murió) |
| (5) | María se clavó una espina |
| (6) | María clavó un cuadro (a la pared) |
| (7) | María clavó la silla (y la arregló) |
| (8) | María se clavó un pancho / una cerveza – lo comió, la bebió (puede admitir una interpretación de aumento de velocidad en la acción) |
| (9) | La yuta clavó una multa a María (por estacionar en cordón amarillo) – le puso una multa (sentido negativo) |
| (10) | El profesor me clavó un cuatro – me puso un cuatro |
| (11) | Clavé alto dibujo – hice un dibujo muy bueno |
| (12) | Clavamos alta caravana – salimos de fiesta y estuvimos dando vueltas |
| (13) | Me clavé un palo – me golpeé fuerte |
| (14) | Me clavó cualquiera – me mintió |
| (15) | Me clavó una piña – me pegó con fuerza |
| (16) | Me clavó la mirada – me miró fijamente |
| (17) | Me clavó el visto – dejó el mensaje de whatsapp abierto y sin responder (con el símbolo del “visto”) |
| (18) | Pedro me clavó en la estación de trenes – nunca vino y me quedé solo/a |
| (19) | Me clavé en la estación de trenes (Pedro/el tren nunca vino) – me quedé sin nada que hacer |
| (20) | Me clavó un televisor viejísimo en el living – lo dejó en contra de mi deseo |
| (21) | Juan se clavó a María – tuvo relaciones sexuales con ella |
Obviamente, los antes nombrados no conforman más que una lista desordenada y sin criterio de ejemplos de diferentes usos con significados diversos que se generan en el habla juvenil de la ciudad de Santa Fe —aunque muchos de ellos excedan este ámbito al abarcar otras zonas de habla hispánica, que no estudiaremos aquí—. No obstante, el proceso clasificatorio nos permitirá dilucidar cuáles de estas variaciones se vinculan con diferencias que hacen a la sintaxis y cuáles con diferencias que hacen al conocimiento del mundo y que no afectan los procesos sintácticos implicados en la constitución de una estructura gramatical (esto es, como veremos a continuación, aquella diferencia que está dada por la distinción de rasgos primitivos pertenecientes a la primera lista o aquella información que pertenece al vocabulario o a la Enciclopedia).
En primera instancia, todos los usos se constituyen con al menos dos argumentos, en los que está implicado un agente y un tema, siguiendo en algunos casos un tercer complemento que puede ser locativo, destinatario o paciente —veremos a continuación ejemplos de cada tipo—.
De los triargumentales, podemos distinguir cuatro tipos diferentes, dependiendo de las características de sus dos argumentos internos.
En cuanto al segundo argumento interno, podemos diferenciar aquellos que poseen el rasgo [+ animado]:
| (22) | Juan clavó una espada/un dardo a María |
| (23) | María le clavó la mirada a Juan |
| (24) | María (le) clavó una piña a Juan |
| (25) | La yuta le clavó una multa a Pedro |
| (26) | María le clavó el visto a Juan |
| (27) | Juan le clavó cualquiera a Lucía |
De aquellos que poseen el rasgo [+ locativo]:
| (28) | Juan clavó un clavo a la silla |
| (29) | María clavó un cuadro a la pared |
Esta diferencia da lugar a distintas posibilidades combinatorias. Los segundos pueden, dado que son complementos locativos, modificar la preposición encabezadora por en:
| (30) | Juan clavó un clavo en la silla |
| (31) | María clavó un cuadro en la pared |
Esto no es posible con los primeros:
| (32) | *Juan clavó una espada en María |
| (33) | *La yuta clavó una multa en Pedro |
En cuanto al primer argumento interno, debemos diferenciar aquellos que refieren a un objeto “clavable” de aquellos que no (que implicarían un grado más complejo de interpretación, dado que el complemento directo modifica completamente el significado del verbo). Por clavable entendemos aquellos argumentos cuyo resultado afecta de forma directa al argumento externo, compartiendo con este la especificación de SRes (explicaremos esto en detalle más adelante).
Esta distinción marca claras consecuencias gramaticales. Retomemos los ejemplos (22) y (25), donde los primeros argumentos internos son una espada y una multa, respectivamente. A ambos se les puede agregar complementos no argumentales (es decir, adjuntos) de tipo locativo, pero completamente diversos. A los primeros (clavables), se les puede agregar un complemento locativo partitivo:
| (34) | Juan clavó una espada a María en la pierna |
| (35) | María clavó la mirada a Pablo en la pierna |
A los segundos, no:
| (36) | *La yuta le clavó una multa a Juan en la pierna |
| (37) | *María le clavó el visto a Juan en la pierna |
Dentro de los verbos triargumentales, que son los que hemos presentado hasta ahora, una de las subclases tiene una variante reflexiva no agentiva (sin SInit):
| (38) | Pedro clavó un clavo a Juan en la pierna |
| (39) | Pedro se clavó un clavo |
Claramente, este ejemplo está elegido para que el argumento interno sea exactamente el mismo y que los resultados den con nuestro conocimiento del mundo. Sin embargo, podemos decir:
| (40) | Pedro le clavó una espada a María |
| (41) | María se clavó una espada (descártese la interpretación reflexiva)1 |
| (42) | Juan le clavó una espina a María |
| (43) | María se clavó una espina |
Aunque, decididamente, clavarse una espina y clavar una espada a otro individuo son las posibilidades más naturalizadas en el discurso, eso se debe a nuestro conocimiento del mundo y nada en la gramática quita que María pueda clavarse sin querer una espada ni que Juan pueda clavarle una espina a María.
En resumen, los verbos triargumentales quedarían clasificados de la siguiente manera:
| 2do argumento interno | 1er argumento interno | |||
|---|---|---|---|---|
| Locativo | Destinatario | Clavable | No-clavable | |
| X | X | María clavó una espada en la pared | ||
| X | X | María clavó un cuadro en la pared | ||
| X | X | María (le) clavó una espada a Juan | ||
| X | X | María (le) clavó el visto a Juan | ||
Cuadro 1. Los verbos triargumentales
Luego tenemos las variantes biargumentales, es decir, aquellas que solo presentan dos argumentos, uno interno y uno externo. Dentro de los verbos biargumentales, podemos distinguir, en primer lugar, dos clases, dependiendo del tipo de argumento interno implicado. Por un lado, aquellos cuyo argumento interno debe ser necesariamente [+animado] y aquellos cuyo argumento interno debe ser [-animado]. Los de rasgo [-animado] son:
| (44) | Clavé una silla/una estantería (es decir, la arreglé, la armé) |
| (45) | Me clavé un sánguche/una birra/dos empanadas |
| (46) | (Me) clavé altas yantas/zapatillas |
| (47) | Clavé cinco goles/alto dibujo. |
| (48) | (Me) clavé alta caravana/noche |
Los de rasgo [+animado] son:
| (49) | Juan clavó a María. |
| (50) | Juan se clavó a María |
En los dos últimos ejemplos, el primer dato significa que Juan no hizo algo que María esperaba o hizo algo que la fastidió o la dejó esperando en algún sitio; el segundo, que tuvo relaciones sexuales con ella.
Observando primero las variantes de rasgo [-animado], notamos que algunas tienen un adjunto de instrumento implícito o sobreentendido y otras no:
| (51) | Clavé una silla con una llave inglesa (porque no tenía martillo) |
| (52) | Clavé una estantería con clavos de hierro |
| (53) | *Me clavé una birra con clavos negros |
| (54) | *Me clavé altas zapatillas con un martillo |
Estas dos últimas resultan agramaticales, dado que no incluyen tal adjunto implícito que pueda ser explicitado. Sin embargo, (53) y (54) pueden presentar una variante cuasirrefleja, un se estilístico que, aunque no es necesariamente así, suele ser de uso más frecuente. Así, puede decirse:
| (55) | Clavé alta birra |
| (56) | Clavé altas yantas |
Sin embargo, es más frecuente
| (57) | Me clavé alta birra |
| (58) | Me clavé altas yantas |
Esto no es posible en el primer tipo:
| (59) | *Me clavé una silla |
La característica que marca una conducta diferencial entre un tipo y otro de los verbos biargumentales con argumento interno [-animado] es el hecho de que el argumento externo esté o no implicado en el resultado del evento.2 En el primer caso, el argumento externo no está involucrado en el resultado del evento (dada la naturaleza de este) y eso permite que pueda agregarse un adjunto de instrumento. En el segundo caso, el argumento externo sí se encuentra involucrado y eso inhabilita el adjunto de instrumento, pero habilita (de hecho, prioriza) la variante cuasirrefleja.
La segunda clase de verbos biargumentales, como dijimos, son aquellos que tienen un argumento interno con el rasgo [+animado]:
| (60) | Juan clavó a María |
| (61) | Juan se clavó a María |
A su vez, aquí también podemos distinguir dos tipos de conducta, dependiendo nuevamente de si el argumento externo está implicado en el resultado del evento o no. El primer tipo, donde el argumento externo no está involucrado en el resultado del evento, presenta una alternancia anticausativa, en la que el argumento interno del verbo transitivo aparece como sujeto en una construcción pronominal:
| (62) | Juan clavó a María |
| (63) | María se clavó |
Esto no es posible en el segundo tipo, donde el argumento externo sí se encuentra involucrado en el resultado del evento:
| (64) | Juan se clavó a María |
| (65) | *María se clavó (descártese la interpretación del primer subtipo e inténtese entender como ‘María tuvo relaciones sexuales consigo misma’) |
Esto sucede dado que este segundo tipo es necesariamente cuasirreflejo en su forma transitiva original. A su vez, los adjuntos a los que se unirán generarán interpretaciones extremadamente diversas. Si se les agrega un adjunto de instrumento, los resultados son:
| (66) | Juan clavó a María con un televisor inmenso en el living |
| (67) | #Juan se clavó a María con un televisor inmenso en el living |
En el primer caso, lo que entendemos es que Juan le dejó un televisor inmenso en el living y María no está contenta con ello. En el segundo caso, entendemos que se lleva a cabo el acto sexual involucrando al objeto implicado en el adjunto (en este caso, el televisor inmenso).3 Lo mismo sucede si agregamos un adjunto de modo:
| (68) | Juan clavó a María esperando el colectivo |
| (69) | Juan se clavó a María esperando el colectivo |
Nuevamente, estas diferencias, al igual que en los anteriores tipos, se deben a la implicancia del argumento externo en el evento resultante. Mientras que en Juan clavó a María lo que sucede es que Juan hizo algo que generó una repercusión en María, en el dato Juan se clavó a María las consecuencias de los actos también afectan a Juan.
En resumen, los verbos biargumentales quedarían clasificados de la siguiente manera:
| Argumento externo | Argumento interno | |||
|---|---|---|---|---|
| Involucrado | No-involucrado | [-animado] | [+ animado] | |
| X | X | María clavó zapatillas | ||
| X | X | María se clavó a Juan | ||
| X | X | María clavó la silla | ||
| X | X | María clavó a Juan | ||
Cuadro 2. Los verbos biargumentales
De los ocho tipos resultantes (teniendo en cuenta los cuatro tipos triargumentales y los cuatro tipos biargumentales), solo uno tiene una variante inacusativa:
| (70) | Juan clavó a María |
| (71) | María se clavó |
En este caso se pierde el argumento agentivo y el verbo se vuelve inacusativo. Por otro lado, de los ocho tipos, solo en uno se habilita la nominalización:
| (72) | La clavada que Juan le pegó a María (la otra noche no tiene nombre) |
| (73) | La clavada que me pegué (con el televisor que me compré en Mercado Libre fue increíble) |
En ambos ejemplos, se interpreta como los verbos biargumentales de argumento interno animado y argumento externo no implicado (María clavó a Juan, María se clavó). Cualquier otra interpretación resulta agramatical:
| (74) | *la clavada a María que se pegó Juan (entiéndase relaciones sexuales) |
| (75) | *la clavada de sillas que hicimos anoche |
| (76) | *la clavada de birras de mi cumpleaños |
Una vez finalizada la primera instancia clasificatoria y ya definidos los ocho diferentes usos del verbo clavar, nos preguntamos: ¿qué es lo que sucede con el verbo que permite tantas diferentes combinaciones, pero continúa siendo siempre “el mismo” verbo? ¿Es siempre “el mismo” verbo?
Es en este momento de la investigación en que la perspectiva lexicalista evidencia su insuficiencia para dar respuesta a las preguntas planteadas: considerar el verbo clavar como una unidad léxica cuyas derivaciones sintácticas permitirían diferentes combinaciones nos llevaba a concluir que en el lexicón habría al menos cinco entradas diferentes en las que la forma fonética coincidiría, dado que solo tres usos diferentes pueden entenderse derivacionalmente (entendiendo derivación en el sentido lexicalista):
| (77) | María clavó zapatillas |
| (78) | María se clavó a Juan |
| (79) | María clavó la silla |
| (80) | María clavó a Juan |
| (81) | María (le) clavó una espada a Juan |
| (82) | María clavó un cuadro en la pared |
| (83) | María clavó una espada en la pared |
| (84) | María le clavó el visto a Juan |
De esta manera, se entiende a (77), (79), (81), (82) y (83) como usos literales o lexicalizados del verbo clavar, y (78), (80) y (84), como usos metafóricos o idiomáticos que no se explican por derivación léxica interna sino por extensión semántica.
Por esta razón es que asumimos una perspectiva constructivista, tomando especialmente la teoría de la morfología distribuida, para explicar los procesos de conformación de nuevos usos para el verbo clavar. Como hemos anticipado, la morfología distribuida realiza dos movimientos teóricos que la distinguen del lexicalismo y que nos permitirían a nosotros una mayor precisión explicativa: primero, discute la palabra (el ítem léxico) como unidad indisoluble de la derivación sintáctica, lo que permite considerar que la sintaxis opera en todos los niveles lingüísticos; segundo, considera la sintaxis como proyección de las unidades funcionales, que es quizá la instancia en donde podríamos encontrar la variación en los usos del verbo clavar. Como punto de partida, entendemos que la variación en las acepciones del verbo clavar sucede en una instancia previa a la unión del verbo con sus argumentos. Explicaremos a continuación en qué consiste esta instancia.
Según los postulados de la morfología distribuida, no existe lo que entendemos normalmente como “categorías léxicas”, esto es, verbo, nombre, adjetivo, pronombre, en cuanto unidades autodefinidas. Estas categorías se conformarían como tales al unirse los elementos a una proyección funcional específica. Así, el verbo sería aquel elemento regido por una proyección v chiquita. Entendemos aquí, sin embargo, que antes de acceder a dichas proyecciones funcionales, existen otras proyecciones de tipo también funcional que definen el modo en que, posteriormente, se desarrollará la unión de un ítem con sus argumentos. En esta instancia, seguimos a Ramchand (2008), quien propone la existencia de una “sintaxis de la primera fase” (first-phase syntax) en donde se definiría la estructura del núcleo eventivo (y su naturaleza aspectual) y se definiría su exigencia argumental. Después de esta primera fase, dicho elemento resultante sí pasaría a estar regido por las categorías funcionales que lo categorizarían y que le habilitarían la asignación de papeles temáticos y, luego, de casos.
Esta primera fase, al igual que las subsiguientes, actuaría, según entendemos aquí, con los rasgos pertenecientes a la primera lista (raíces rasgos funcionales primitivos). Una vez realizada toda la derivación sintáctica (esto es, la primera fase y las subsiguientes), se produciría el spell-out (inserción de vocabulario).
En el presente trabajo, nos encargaremos solo de proponer una estructura de las proyecciones funcionales actuantes en la sintaxis de primera fase, que es donde, entendemos, se produce la variación de significado entre los diferentes usos de clavar. Hipotetizaremos, luego, sobre qué sucedería en las demás instancias derivativas, así como en las instancias de inserción de vocabulario y en la interpretación de forma lógica (donde actuaría la Enciclopedia). Estas hipótesis marcarán rumbos para subsiguientes investigaciones.
Cada uno de los diferentes usos del verbo clavar posee proyecciones diferentes dependiendo de sus características. Como todos los usos presentan un iniciador (todos ellos requieren un participante que inicia el evento), siempre habrá un especificador del sintagma iniciador que coincide con el sujeto del verbo. Cuando este (el especificador) está involucrado en el resultado del evento (como en clavarse a Juan o clavar altas zapatillas), es también especificador del sintagma resultante:
Figura 3. (77) María clavó zapatillas
Figura 4. (78) María se clavó a Juan; ver (46) ver (50)
Esto se debe a que el sintagma resultante es el que define la condición resultante del evento (esto es, el estado que se obtiene una vez producido). La presencia o ausencia de este sintagma permite distinguir los distintos tipos de argumentos externos vinculados a las formas biargumentales del verbo clavar. Como hemos señalado, los argumentos externos se diferencian según estén o no involucrados en el resultado del evento: cuando lo están, se ven afectados por el estado resultante y no se limitan únicamente a iniciar el evento (SInic) o a llevar adelante el proceso (SProc). En estos casos, el estado resultante se predica también de ese participante, que puede entonces realizarse no solo en las posiciones de Inicio y de Proceso (cuando esta última está presente), sino también en la del sintagma resultante.
Luego, en los usos biargumentales, respecto del argumento interno, podemos distinguir, como dijimos anteriormente, aquellos temas [-animados] y aquellos [+animados]. Estos se diferenciarán dependiendo de qué especifiquen. Mientras que todos surgen en alguna de las proyecciones funcionales espaciales, solo los [+animados] se moverán hacia las proyecciones funcionales temporales (obsérvese la diferencia entre Juan y zapatilla en los ejemplos anteriores y entre Juan y silla en los siguientes):
Figura 5. (79) María clavó la silla; ver (44)
Figura 6. (80) María clavó a Juan; ver (49)
Obsérvese que zapatillas, en el ejemplo (77), surge como especificador de SLugar, dado que este evento no tiene ningún tipo de desarrollo espacial. Otros especificadores [-animados] de verbos biargumentales, como por ejemplo un sánguche en María se clavó un sánguche pueden surgir como especificadores de otras categorías funcionales espaciales, como STray (dado que sí hay una distribución espacial del evento en este caso). Sin embargo, en ninguno de los dos casos, el argumento interno inanimado no sube a especificar ninguna categoría temporal.
En los usos triargumentales, distinguimos dos argumentos internos. Respecto del primero, que se diferencia en si refiere a un objeto “clavable” o no, la distinción se da en las proyecciones funcionales espaciales. Si es clavable (espada, espina), surgirá como especificador del sintagma de trayectoria, mientras que si no es un objeto clavable (visto, cuadro), surgirá como especificador de alguna proyección funcional temporal (donde se define la naturaleza aspectual del evento)4.
Figura 7. (81) María (le) clavó una espada a Juan; ver (22) y (40)
Figura 8. (82) María clavó un cuadro en la pared
El segundo argumento interno, en cambio, se distingue entre aquellos que funcionan como destinatario y aquellos que lo hacen como locativo. Los locativos, claramente, surgen y permanecen como especificadores de las proyecciones funcionales de lugar, mientras que los destinatarios surgen como especificadores de la proyección funcional temporal de resultado (véase la diferencia entre Juan y pared en los ejemplos anteriores y en los siguientes):
Figura 9. (83) María clavó una espada en la pared
Figura 10. (84) María (le) clavó el visto a Juan
Como podemos ver, el verbo clavar tiene, en sus diferentes acepciones, distintas configuraciones sintácticas caracterizadas por la presencia o ausencia de determinadas proyecciones funcionales. La combinación de estas proyecciones define las posibilidades combinatorias del elemento que posteriormente será categorizado como verbal.
A partir del análisis realizado, nos encontramos ahora en condiciones de responder una de las preguntas centrales de este trabajo: ¿se trata de la misma raíz la que da lugar a las diferentes acepciones del verbo clavar o debemos postular raíces distintas?
Siguiendo el marco teórico de la Morfología Distribuida, no resulta necesario multiplicar entradas léxicas independientes para explicar las diferentes realizaciones observadas. En cambio, proponemos que los usos analizados pueden vincularse con una misma raíz √ clav-, subespecificada categorialmente, cuya interpretación concreta depende de la estructura sintáctica en la que se inserta y de los procesos de interpretación enciclopédica que intervienen en el nivel semántico. Esta raíz contiene una información semántica base que se mantiene (literal o metafóricamente) en todas las interpretaciones, y que podríamos formular de la siguiente manera: “introducir o fijar un objeto en otro mediante un impacto o una presión”.
Las diferentes acepciones del verbo surgen, entonces, de la interacción entre esta raíz y distintas configuraciones funcionales. En todos los casos analizados, se proyecta un Sintagma de Inicio, lo que introduce un iniciador del evento y permite caracterizar todas las acepciones como agentivas, descartando interpretaciones estativas. Asimismo, todas las estructuras presentan un Sintagma Resultante, lo que implica la presencia de un estado resultante y descarta la posibilidad de que el verbo exprese meras actividades.
Dentro de este conjunto de configuraciones, dos de las acepciones corresponden a logros:
| (85) | María clavó zapatillas |
| (86) | María clavó a Juan |
Las restantes seis corresponden a realizaciones, ya que además del Sintagma Resultante presentan también un Sintagma de Proceso:
| (87) | María se clavó a Juan |
| (88) | María clavó una silla |
| (89) | María le clavó una espada a Juan |
| (90) | María clavó un cuadro en la pared |
| (91) | María clavó una espada en la pared |
| (92) | María (le) clavó el visto a Juan |
En este marco, algunos usos conservan de manera más transparente el sentido básico asociado a la raíz que hemos presentado anteriormente. Este es el caso de ejemplos como clavar un cuadro, clavar una silla, clavar una espada a Juan o clavar una espada en la pared. Otros usos, en cambio, pueden interpretarse como extensiones metafóricas o especializaciones enciclopédicas de ese significado más general, como ocurre en expresiones como clavar la mirada, clavarse a Juan, clavar a Juan o clavar el visto. La diferencia entre estos usos no requiere, por lo tanto, postular raíces independientes, sino que puede explicarse a partir de la interacción entre la estructura sintáctica y los procesos de interpretación disponibles en la enciclopedia.
Esta perspectiva de tipo construccionista permite evitar uno de los principales problemas que enfrentan las propuestas lexicalistas y que hemos presentado al inicio de este artículo, esto es, la necesidad de multiplicar entradas léxicas no vinculadas entre sí para explicar la participación de una misma forma verbal en diferentes estructuras argumentales.
Observemos ahora los siguientes ejemplos:
| (93) | María se clavó a Juan |
| (94) | María se punguió / comió / agarró a Juan |
Estos datos muestran que, en ciertos contextos sintácticos, el verbo clavar puede alternar con otras raíces verbales que dan lugar a interpretaciones cercanas. Esta posibilidad plantea una cuestión relevante para el análisis: si distintas raíces pueden aparecer en configuraciones estructurales comparables, ¿cuál es entonces el límite de las posibilidades de inserción léxica? Los siguientes ejemplos permiten delimitar con mayor precisión ese límite:
| (97) | Juan da caricias |
| (98) | #Juan mete caricias |
| (99) | #Juan clava caricias |
| (100) | Dar una patada muy despacito / en cámara lenta |
| (101) | #Meter una patada muy despacito / en cámara lenta |
| (102) | #Clavar una patada muy despacito / en cámara lenta |
Las diferencias que se observan en estos casos indican que, aunque distintas raíces puedan insertarse en configuraciones estructurales similares, cada una de ellas conserva propiedades semánticas propias que restringen sus posibilidades de aparición. En particular, verbos como meter o clavar, que suelen asociarse con eventos puntuales que introducen un estado resultante inmediato, resultan incompatibles con contextos que implican acciones graduales, suaves o prolongadas. Como hemos señalado anteriormente, el verbo clavar puede funcionar como logro o como realización; en ambos casos, la estructura proyecta un Sintagma Resultante que introduce un estado final del evento. Esta característica hace que su combinación con adjuntos como en cámara lenta o despacito, que focalizan el desarrollo temporal del evento, resulte extraña.
Algo similar ocurre con el argumento interno caricias, que denota una acción de carácter gradual y sin un resultado puntual. Por esta razón, su combinación con el verbo dar resulta natural, mientras que con verbos como clavar o meter, asociados a eventos puntuales de impacto, la interpretación resulta extraña. Si volvemos ahora a los ejemplos (93), (94), (95) y (96), podemos afirmar que, para que otra raíz pueda insertarse en la misma posición sintáctica que clavar, no es necesario que comparta exactamente los mismos rasgos semánticos, pero sí que sea compatible con la configuración estructural en cuestión. En otras palabras, la raíz alternativa puede estar especificada de manera similar, o bien presentarse subespecificada, siempre que no contenga rasgos incompatibles con los que impone la estructura.
Los datos analizados sugieren, por lo tanto, que el límite de la inserción léxica no está determinado únicamente por la configuración sintáctica disponible. Si bien ciertas estructuras funcionales permiten la inserción de distintas raíces verbales (como muestran las alternancias entre clavar, meter o dar en algunos contextos), la distribución efectiva de cada raíz se encuentra restringida por sus propiedades semánticas y enciclopédicas. De este modo, la sintaxis define un espacio de inserción posible, pero la selección final de la raíz depende de la compatibilidad entre la estructura del evento introducida por la sintaxis y la información conceptual asociada a cada raíz.
En otras palabras, aunque determinadas configuraciones funcionales permitan la inserción de más de una raíz verbal, cada una de ellas mantiene restricciones particulares que condicionan su distribución en contextos específicos.
Finalmente, la variación de significado que surge cuando diferentes unidades léxicas se insertan en una misma estructura sintáctica se explica en el nivel de la Enciclopedia, donde se activan interpretaciones particulares que no implican modificaciones en la estructura sintáctica misma, sino que dependen de asociaciones semánticas convencionalizadas en la competencia lingüística de los hablantes.
En este trabajo, hemos analizado las diferentes acepciones del verbo clavar desde el marco teórico de la Morfología Distribuida, con el objetivo de explicar cómo se generan sus variaciones de significado a partir de la interacción entre raíces y configuraciones funcionales.
El análisis realizado muestra que las distintas acepciones del verbo no requieren postular múltiples entradas léxicas independientes, sino que pueden entenderse como el resultado de la inserción de una misma raíz √ clav- en diferentes configuraciones sintácticas. Estas configuraciones se caracterizan por la presencia o ausencia de determinadas proyecciones funcionales, cuya combinación define las posibilidades combinatorias del elemento que posteriormente será categorizado como verbal.
Las estructuras identificadas en este trabajo son las siguientes:
| (103) | [SInic Maríah clavón [SRes h n [S Lugar n zapatillas]]] |
| (104) | [SInic Maríah se clavón[SProc h n [SRes h n a Juanx [S Lugar n x ]]]] |
| (105) | [SInic Maríah clavón[SProc h n [SRes h n [S Lugar n una silla ]]]] |
| (106) | [SInic Maríah clavón [SRes h n x [S Lugar a Juanx ]]] |
| (107) | [SInic Maríah clavón [SProc n una espadar [SRes n r enm[S tray n r m [S Lugar n la pared ]]]]] |
| (108) | [SInic Maríah clavón [SProc n una espadar [SRes n a Juanr [S tray n r [S Lugar n r ]]]]] |
| (109) | [SInic Maríah clavón[SProc n el visto [SRes n a Juanr [S Lugar n r]]]] |
| (110) | [SInic Maríah clavón[SProc n x [SRes n un cuadrox enr [S Lugar n r la pared ]]]] |
De este modo, observamos que, en primer lugar, todas las acepciones proyectan un Sintagma de Inicio, lo que introduce un iniciador del evento y permite caracterizar al verbo clavar como sistemáticamente agentivo. Asimismo, todas las configuraciones presentan un Sintagma Resultante, lo que implica la presencia de un estado resultante y descarta la posibilidad de interpretaciones puramente activas.
Las primeras cuatro acepciones presentan estructuras biargumentales, con un argumento externo y uno interno. El argumento interno puede ser tanto [+animado] como [-animado]. En el primer caso, participa tanto en la dimensión espacial como en la temporal del evento; en el segundo caso, su participación se restringe a la dimensión espacial, dado que no interviene en la distribución temporal del evento. El argumento externo, por su parte, puede estar o no involucrado en el resultado del evento. Cuando lo está, ello se debe a que especifica el Sintagma Resultante; cuando no lo está, solo especifica el Sintagma de Inicio, siendo interpretado únicamente como iniciador o agente del evento.
Las cuatro acepciones restantes presentan estructuras triargumentales, es decir, incluyen un argumento externo y dos internos. En estos casos, cuando el primer argumento interno especifica un sintagma de trayectoria, se interpreta como un objeto “clavable”. Esta interpretación no depende de propiedades léxicas intrínsecas del argumento, sino de su comportamiento sintáctico dentro de la estructura. Así, elementos como mirada pueden interpretarse como “clavables” cuando participan en configuraciones que incluyen un sintagma de trayectoria, como en el ejemplo
| (111) | Juan clavó la mirada en la pantalla |
en el que mirada especifica un sintagma de trayectoria de manera análoga a espada en los ejemplos (107) y (108).
En cuanto al segundo argumento interno, su interpretación como locativo o destinatario depende del tipo de proyección que especifica: si especifica un Sintagma de Lugar, recibe una interpretación locativa; si, además, participa en el Sintagma Resultante, puede recibir una interpretación de destinatario.
El análisis desarrollado permite, a su vez, formular una generalización acerca del comportamiento eventivo de la raíz √ clav-. Los datos sugieren que esta raíz se asocia prototípicamente con configuraciones eventivas que incluyen un iniciador del evento y un estado resultante claramente definido y en muchos casos también una fase procesual intermedia. En términos de la descomposición eventiva propuesta por Ramchand (2008), este patrón puede representarse esquemáticamente como una estructura del tipo Init–Proc–Res, característica de las realizaciones, o bien como Init–Res en aquellos casos en que el evento se interpreta como un logro.
Esta generalización se corresponde con el hecho de que en todas las configuraciones analizadas aparece un Sintagma Resultante, lo que indica que los eventos expresados por el verbo clavar tienden a implicar un cambio de estado que da lugar a un resultado claramente identificable. Dicho resultado puede adoptar distintas realizaciones en la estructura sintáctica (por ejemplo, como fijación de un objeto en un lugar en clavar un cuadro en la pared, como impacto sobre una entidad en clavar una espada a Juan o como efecto sobre el propio iniciador del evento en clavarse a Juan), pero en todos los casos se mantiene la presencia de un estado resultante que define la culminación del evento.
Tal propiedad estructural se corresponde con un rasgo semántico general asociado al verbo clavar, que en sus distintos usos tiende a implicar la fijación, penetración o impacto de una entidad en otra, dando lugar a un estado resultante fuerte o estable. Las distintas acepciones del verbo pueden entenderse, entonces, como realizaciones estructurales y enciclopédicas diversas de este mismo esquema eventivo general, cuya interpretación específica depende de la interacción entre la estructura sintáctica y la información semántica disponible en la Enciclopedia.
Esta propiedad podría vincularse también con la notable productividad del verbo clavar en la creación de usos innovadores en el español de la ciudad de Santa Fe (y el español rioplatense), como clavar el visto, clavar una piña o clavarse un sánguche. En estos casos, la interpretación del verbo se extiende más allá de su sentido prototípico y se proyecta sobre dominios semánticos diversos —interacciones comunicativas, evaluaciones sociales o descripciones de acciones cotidianas— sin que se pierda el esquema eventivo básico asociado a la raíz.
Tal fenómeno puede explicarse por el hecho de que clavar codifica típicamente eventos breves que producen un efecto claro o inmediato sobre una entidad, lo que facilita su reinterpretación metafórica en contextos no necesariamente físicos. En este sentido, el comportamiento del verbo clavar se aproxima al de otros verbos del español rioplatense que también participan activamente en procesos de innovación léxica, como meter, pegar o plantar (cf. Kornfeld y Kuguel, 2013 para un estudio detallado de las expresiones pegar laburo y pintar bardo en el español rioplatense), los cuales comparten la capacidad de describir acciones puntuales que generan un resultado perceptible.
Verbos de este tipo parecen particularmente propicios para la formación de extensiones metafóricas y nuevos usos en el habla coloquial, ya que proporcionan esquemas eventivos relativamente abstractos que los hablantes pueden reutilizar para describir efectos en distintos ámbitos de la experiencia.
Por último, este trabajo deja abiertos algunos interrogantes para futuras investigaciones. En primer lugar, sería necesario estudiar con mayor detalle las posibilidades combinatorias de los adjuntos en las distintas estructuras identificadas. En segundo lugar, resulta de especial interés analizar el proceso de nominalización en expresiones como la clavada que nos pegamos anoche. Una posible hipótesis es que la unidad sintáctica que chequea los rasgos funcionales en estructuras como Juan se clavó es la misma que subyace a la forma nominalizada la clavada, diferenciándose posteriormente en función de si es categorizada por un núcleo verbal o por un determinante. Esta hipótesis abre, sin embargo, nuevas preguntas acerca de los límites de la nominalización y de las condiciones que permiten que ciertos usos del verbo clavar puedan nominalizarse mientras que otros no.
Esperamos que el análisis desarrollado en este trabajo contribuya, al menos parcialmente, al entendimiento de los procesos de variación semántica del verbo clavar y, en un sentido más amplio, al estudio de los mecanismos de creación de neologismos en español.
Finalmente, consideramos que el estudio de procesos gramaticales de este tipo resulta fundamental para comprender cómo se producen el cambio y la evolución en las lenguas. Analizar estos fenómenos desde una perspectiva descriptiva permite orientar la investigación lingüística hacia el estudio de los usos reales de la lengua, alejándose de enfoques prescriptivos que buscan regular el habla. En este sentido, investigar las variaciones verbales y los procesos de innovación léxica forma parte también de un proyecto lingüístico más amplio orientado a repensar las jerarquías lingüísticas y el papel de las instituciones normativas en la definición de lo que se considera “correcto” o “incorrecto” en el uso de la lengua.
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